miércoles, 6 de julio de 2011

Río Revuelto

Las puertas se han cerrado, el aula está vacía. Todas las nostalgias se asoman para revolver el alma. Las imágenes remiten a lugares triviales, siempre vistos y transitados, pero que ya no serán más ni triviales ni vistos ni transitados. Y hay que despedirse de una vez y por todas de la madera arraigada, del espejo empañado de las tardes de los miércoles, del aula bordó de viernes a las siete, del suelo traspirado de arte, del piano afinado, las gradas azules, la barra, el kiosco, las luces, las paredes amarillas, los bancos, las mesas, los disfraces, el aire cargado de tanta energía, los espacios llenos de pasión. Hay que despedirse a penas grandes y a grandes penas del río plateado, de esos especios que aunque ya no sean cotideanos, desaparecerán por si algún día se te ocurre ir a visitar.
Mirá que me quedan astillas todavía del piso roto de expresión. Mirá que me quedan sonrisas todavía que me guardé y no devolví.
Él que está ahí, del otro lado de las estrellas, está en todo lugar de esa casa. Y en cada rincón se escuchan los huesos que crujen porque nadie se quiere ir. Pero, sin embargo, la puerta se va cerrando poco a poco, dejando la nada adentro, dejandolo todo. Encerrado ahí queda ese todo vivido en el piso que hoy nos están arrancando a las fuerzas de las manos, a las piñas, a las inesperadas, a los no no no no no quiero. Hay un silencio elocuente que rompe el alma en mil pedazos y de mientras, aferrados, abrazados a los recuerdos, intentamos retener torpemente a los mil payasos tomando café, en los rincones de sentimientos, en donde llego a ver narices rojas de otras épocas en donde él estaba y los pisos nos pertenecían.
Y habrá que hacer de tripas corazón, para entender que existe una razón. Y a pesar de todo, siempre seremos aquello que muy bien nos enseñó. Siempre seremos, siempre nos sentiremos como peces en el agua, en el agua de aquel Río Plateado.

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