Mirá que me quedan astillas todavía del piso roto de expresión. Mirá que me quedan sonrisas todavía que me guardé y no devolví.
Él que está ahí, del otro lado de las estrellas, está en todo lugar de esa casa. Y en cada rincón se escuchan los huesos que crujen porque nadie se quiere ir. Pero, sin embargo, la puerta se va cerrando poco a poco, dejando la nada adentro, dejandolo todo. Encerrado ahí queda ese todo vivido en el piso que hoy nos están arrancando a las fuerzas de las manos, a las piñas, a las inesperadas, a los no no no no no quiero. Hay un silencio elocuente que rompe el alma en mil pedazos y de mientras, aferrados, abrazados a los recuerdos, intentamos retener torpemente a los mil payasos tomando café, en los rincones de sentimientos, en donde llego a ver narices rojas de otras épocas en donde él estaba y los pisos nos pertenecían.
Y habrá que hacer de tripas corazón, para entender que existe una razón. Y a pesar de todo, siempre seremos aquello que muy bien nos enseñó. Siempre seremos, siempre nos sentiremos como peces en el agua, en el agua de aquel Río Plateado.
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