domingo, 8 de julio de 2012

El café

Entonces dije: "¿Sabe que usted es el culpable de una de la crisis más importantes de mi vida?
Preguntó: "¿Económicas?", y todavía reía. Contesté: "No, sentimental", y se puso serio. "Caramba", dijo y esperó que yo continuara. Y continué: "Mire, es muy posible que lo que yo le voy a decir le parezca una locura. Si es así, me lo dice nomás. Pero no quiero andar con rodeos: creo que estoy enamorada de usted." Esperé unos instantes. Ni una palabra. Miraba fijamente su chaqueta. Creo que se ruborizó un poco. No traté de identificar si el rubor era radiante o vergonzoso. Entonces seguí: "Con mi situación y su situación, lo más lógico hubiera sido que me callase la boca; pero creo que, de todos modos, era un homenaje que le debía. Yo no voy a exigir nada. Si usted, ahora o mañana o cuando sea, me dice basta, no se habla más del asunto y tan amigos. No tenga miedo por su trabajo en la oficina, por la tranquilidad en su trabajo; sé comportarme, no se preocupe." Otra vez esperé. Estaba allí, tan indefenso, es decir, defendido por mí contra mí misma. Cualquier cosa que él dijera, cualquier actitud que asumiera, iba a significar: "Este es el color de su futuro". Por fin no pude esperar más y dije: "¿Y?" Sonreí un poco forzadamente y agregué con una voz temblona que estaba desmintiendo el chiste que pretendía ser: "¿Tiene algo que declarar?" Dejó de mirar su chaqueta. Cuando levantó los ojos, presentí que el momento peor había pasado. "Ya lo sabía", dijo. "Por eso vine a tomar café".

No hay comentarios:

Publicar un comentario