Mis deseos ingenuos, mis deseos tímidos y tiernos, mis dulces y suaves deseos gigantezcos: los miro. Me generan clemencia y pena. Luego me pienso: mi ingenua pena, mi ingenua concepción tierna timida dulce lastimera. Ciertamente ya no comprendo si son mis sueños los idiotas o lo será mi pena.
Y las eternas hermanas. Las odio pero hay algo en ellas que me gusta. Me alivia. Algo intrínseco y enroscada dentro mío, en su boca, no suena a delirio sino a colectivo inconsciente.
Hermanitas de piernas largas que te acogotan con la voz
"Nosotros no morimos, nosotros nos vamos a una estrella" "Somos seres especiales, diferentes a los demas, con una sensibilidad y emoción que nos hace brillar de modo diferente" "Nosotros vivimos para gustar"
"Nosotros vivimos para el aplauso" "Yo solo quiero que me aplaudan, que me quieran"
"Sin el aplauso, me muero" "Si no me ven, me muero". Y se murió.
Todos la vieron morir y sin embargo no pudo escapar de la maldita. Porque la vida es así: te ven, no te ven, te aplauden, no te aplauden, te aman, no te aman. Pero lo que sí, todos pero todos, vamos camino hacia el mismo segundo en donde la muerte nos abraza, nos aplasta, nos desintegra y nos lleva a dormir en su colchón.
Hermana viuda de hermana sigue dictaminando y finalmente sentencia su última mas no menos categórica Norma: "Después de haber subido a un escenario, cualquier otro estado es pobreza"
Silencio.
No acuerdo, no lo creo así. Una vez más lo discuto, lo repugno, me ofusco. Hay algo allí que reconozco como propio, que taladra mi cabeza aturdiendome hasta la sordera.
Cómo es que puede, así como así, dibujar tan bien mosntruos que a simple vista no puedo ver.
Las odio. Las odio porque son un espejo. Las odio porque aquel maldito espejo es mi voraz asesino.
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