sábado, 28 de febrero de 2015

El Amor.

¿El amor me llena o me vacía? El amor me llena, me completa, me expande, me engorda. El otro se convierte justo en el alimento necesario para mi crecimiento. Pero entonces, ¿es el otro una propiedad, un objeto? ¿Dónde queda el otro? O peor: ¿queda un otro? Es que si el amor tiene que ver conmigo, ¿importa quién es el otro? ¿O importa que encaje justo en lo que yo necesito que sea el otro? ¿Entonces no se transforma el amor en una relación conmigo mismo? ¿No puede ser solo una distracción, una anestesia para olvidar que, pase lo que pase, igual nos vamos a morir? Estar buscando siempre algo que se nos escapa. O peor, saber que aunque no haya nada, no podemos dejar de buscar.
La visión optimista del amor nos dice que el amor trae la felicidad. Amor idealizado que se nos presenta como punto de llegada. Tiñe de felicidad toda la existencia ¿Son el amor y la felicidad puntos de llegada definitivos?
El amor tiene su origen en el dolor: el nacimiento de Afrodita. Cronos, hijo de Gea, le corta los testículos a su padre, Urano, y de la sangre y semen desparramados por el mar, nace Afrodita.
La felicidad se alcanza en la medida en que nada nos perturbe. Lo que más nos perturba es todo lo que nos genere dependencia ¿No se vuelve así el amor una fuente de perturbación permanente? Cuando amamos queremos que este estado dure para siempre. El problema es que nada es infinito. El amor duele porque lo concebimos pleno y sin embargo, nunca cierra.
El dios Eros se relaciona con ese estado de enamoramiento apasionado. Estado que modifica nuestra percepción sobre todas las cosas. Eros es estar flechado. Cupido es Eros. Pero, ¿se puede esta así eternamente? ¿Es esta forma de amor algo que puede perdurar? Amamos lo que nos falta y cuando lo encontramos lo queremos para siempre. Pero una vez que alcanzamos el amor, ¿dejamos de desear? El amor es el intento permanente de completarnos. Alcanzar esa plenitud a través del otro es completarse a uno mismo. Pero, una vez que alcanzamos la plenitud, ¿que sucede el día después?
La gran tragedia de Eros: un amor que cuando alcanza un punto de expresión máximo luego, se derrumba. Un deseo que nunca puede colmarse. El amor de Eros es un amor sin el otro, porque ama en función de un faltante. De lo que a mi me falta. La búsqueda en virtud de un modelo ideal que yo me hago a partir de mis propias necesidades. Pretendo que el otro encaje en lo que yo necesito. No me abro a otro. Casi como si el otro debiera tener justo la forma que tiene ese vacío de mi carencia. Pero lamentablemente, el otro nunca es lo que uno pretende. Nunca encaja. Con lo cual se producen dos consecuencias: o el otro deja de ser el otro para encajar en mi modelo. O el otro no encaja y no hay vínculo posible.
Simone Weil explica que el humano por naturaleza busca permanentemente expandirse, desplegar su ser, ejercer su poder. Lo humano se impone, se instala, acapara, va por todo.
¿Y si el amor es una renuncia? ¿Una retirada? Amor como ágape: amor que no cosifica. Amor desde la desapropiación y el desapego. Amor con el que no se gana, sino que se pierde, se da, se entrega. "Solo serás amado el día que puedas mostrarte débil sin que el otro lo aproveche para mostrar su fuerza". El amor muestra su debilidad y sin embargo yo no invado, no aprovecho. Me resisto a ejercer mi máximo poder. Me retiro para que el otro sea. Hay una prioridad en el otro, pero sobre todo hay una pérdida del yo. El otro no es una posesión, sino que se desposee a la pareja. Un amor que va en contra de nuestra naturaleza, y por eso tiene algo de excepcional, de extraordinario, de locura. Un amor por fuera de la lógica del intercambio.
El amor excede toda lógica, porque el amor es exceso. 
El amor, un imposible que solo siendo imposible toma sentido, porque cuando ello es posible, nunca cierra ¿Pero no es todo amor un acto de apertura? 
Entre lo posible y lo imposible, el amor es esa conciencia partida que se pierde en el encuentro con el otro. Un otro que me saca de mi mismo y me antecede. Retirarme para que el otro sea. Sin estrategias, sin utilidad.

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