Siempre la melancolìa me ataca por la espalda. Y debo reconocer que los tres meses de verano son generalmente las epocas en las que soy más proclibe a este tipo de sentimientos. Ni te cuento si uno está como yo, cerrando etapas. Por la mente pasan una serie de imágenes que, a medida que se van proyectando como una mariposa teknicolor en mis ojos, hay un nudo en mi garganta que cada vez hace más y más fuerza para terminar extrangulandome en un par de lagrimas o un llanto patetico algo contenido y mudo en el medio de la cocina. Y una se pone a cofeccionar una lista de cosas que seguramente extrañará de todo eso que concluyó y que, seguramente muchas de ellas detestaba pero ahora recuerda con cariño ignorando el malestar del pasado y que de hecho, no extrañará sino que ya extraña. La puerta, las escaleras, el bar, el aula, los asientos, el lugarcito de uno, las luces, los vastidores, el piano, el calor, las maderas rotas, Gorge, los grandes maestros, él, ellos, la transpiraciòn, las voces, los bailes, los dolores, el cansancio, el hambre, la sed, el sueño, la no vergüenza, las miradas, las palabras, los brazos, los olores, los gritos, las lagrimas, los silencios, las risas, las carcajadas, esa sansación de plenitud, de purificación, la sensibilidad, la quimica, el amor, las hormonas, el arte. Todo. En definitiva uno termina extrañando todo. Porque uno puede volver una y mil veces al mismo lugar o reencontrarse siempre y cada segundo con las personas que en ese momento ocupaban esa sala y tratar de revivir y recrear momentos. No obstante, la naturalidad de esa rutina, que era más bien una recarga energética, nunca volverá. Y uno tiene que aceptar que las cosas son así, que en definitiva uno está vivo y en movimiento empezando y terminando recuerdos todo el tiempo, y que hay veces que hay que aprender a salir por la puerta por última vez y sonreir cuando pases por Guatemala y Malabia, porque bueno, son así las cosas, el tiempo pasa, nosotros crecemos y uno sigue, porque uno tiene que seguir con la vida. Y aunque son tristes las despedidas, porque siempre hay uno que se va y uno que se queda. Y es dificil, porque es dificil. Siempre va a haber una boardilla de las cosas más sencillas en donde se que los puedo ver, para juntarnos nuevamente todos los mil payasos a tomar café. Y en un abrazo de esos que dan gusto sentir que estamos juntos otra vez. Es que vaya usted, vayan ellos, vaya el rio plateado, vayan los recuerdos, las voces, las caricias, las palabras, las historias, las miradas, la risas, las salas, la musica, el escenario, los guiones, el pasado, las tardes, los viernes, el estudio, los espejos, el salón, todos ellos y todos nosotros; vayamos a donde vayamos estaremos siempre acá.
Acá en mí, acá en cada uno de ellos, acá en nosotros y en algún lugar de aquél salón.
Siempre viendonos reflejados en nuestros ojos que son el espejo que refleja a las personas, viendonos bien y siempre buscando. Siempre, siempre, pero siempre vivitos, vivitos y coleando, como un barrilete, siempre volando.
Por suerte, a pesar de todo lo extrañado, despedido y terminado,
nadie nunca jamás va a poder quitarnos a todos nosotros lo bailado.
O lo actuado, más bien diría yo.
Hay cosas que quedan, quieras o no, siempre aferradas al alma.
Y esto, sin dudas, es algo de eso.
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