A la orilla de él nada nuevo pasó. Ella amaba su piel y se abrazó, se abrazó. Pero un día nadie sabe qué pasó. Sus alas se quebraron, y algo se quebró. Nadie va a devolver lo que el viento llevó, y a sus pies quería ver un inmenso balcón, una flor en cada zanjón, un mate, un saco y todo lo que jamás volvió.
Caminé por ahí abajo, bajo el sol, me reí, me reí de mi absurda pasión. Y al cruzarme con mi vieja y el zaguán de casa, se me escapó una lágrima de camaleón que a penas y apenas sopló el viento; voló, voló, voló.
Lo que tengas ahí necesito soltar. Tu sonrisa sin fin y mi miedo mortal. Ya lo sé, ya lo sé. No te quiero cansar con mi rumba feliz, con mi herida letal.
Y así fue que pasaron la vida, sin nunca preguntarse nada de nada, ni siquiera que te pasa con esta caricia en la nuca y mi ruego espiritual.
Ahora cada uno vive en su lugar y está bien así. Con su mundo ruin, con su cuerpo audaz. Ahora cada uno está Okey, solo quieren bailar. Ella quiere estar lejos y sabe que a él le importa nada. Un flash, un stop, un encuentro casual. Ella amaba su piel y se abrazó, se abrazó. Hoy no quiere más, no quiere abrazar. Y en el encuentro casual los escombros saldrán del costado del placard.
A la orilla de él nada pasará. Pobre piba, la carne débil, la sangre caliente, y el polvo revolverá, revolverá, volverá.
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