jueves, 27 de octubre de 2011

La Plaza de la Fuerza

La muerte es mujer. Es celosa y es mujer. Por eso se lo llevó. Porque estaba celosa de que tanta gente lo quiera. Una muerte. Esa muerte. Una muerte que dejó vida. Los pibes querían hacerse escuchar. Una muerte colectiva. En la calle se pedía fuerza.
Descubrirnos con otros como pueblo. Vernos y decir: somos pueblo. Mirarnos en los ojos del pueblo. Entendernos entre pueblo. Un pueblo herido y contuso por un hombre de y para el pueblo. Un amigo del pueblo. Era un colectivo de tanta gente, tanta gente. Los viejos. Los jóvenes. Los chicos. Los grandes. Los cascos amarillos. El campo. La cuidad. Los militantes. Los militares. Los mozos. Los hermanos. Las abuelas. Los hijos. Los nietos. La viuda. El pueblo. Un afecto jóven. Un gran afecto. Un enorme amor y por detrás una idea. Una idea política. Una idea social. Una idea que unía. Una bandera. Un proyecto. Un motor. Una confianza recobrada.
La plaza como piso. La plaza como lugar de encuentro indudable. La plaza como acojedora, como centralizadora, como lugar aquí y ahora, como refugio y consuelo. Nueve horas de cola. El pueblo grita con fuerza desahogos de esperanza. Nueve horas de cola. El pueblo entra a la Casa. Nueve horas de cola. Se despide del muerto. Nueve horas de cola. El pueblo quiere abrazar a la vuida. Nueve horas de cola. El pueblo canta. Nueve horas de cola. El pueblo fuerza. Nueve horas de cola. En la Plaza. A la vuida. En la Casa. El pueblo canta fuerza.
La muerte parió vida. La muerte ya había parido en vida pueblo. La muerte parió vida de pueblo. La muerte con lágrimas de pueblo vive, cuando la celosa se lo lleva repentinamente y en pleno desconcierto. 

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