domingo, 20 de noviembre de 2011

La angustia

Tengo en el medio de mi pecho una mierda que molesta. Es como una bola densa, pesada y espesa. Es gelatinosa y moldeable. Me encoraba la espalda, me retrae el torso y me pincha la panza. Esta cosa horrible está rodeada de fuerzas que la aprietan. Tiene dos cuadrados de cemento que la comprimen por los dos costados y dos ladrillos, uno en el frente y uno en la parte trasera, que la torturan haciendo peso contra ella. De tanta presión que ejercen, la bola se escapa y sale por la superficie, subiendo desde mi pecho hasta mi garganta. Una vez que llega a mi faringe y se sitúa justo al lado de mis cuerdas vocales, la bola empieza a hacerse cada vez más dura hasta convertirse en una piedra que tapa todos mis orificios respiratorios y raspa mis cuerdas. De este modo, me empieza a quitar el aire y me cuesta respirar. Pero cuando logro tomar un poco de aire y largar alguna palabra de auxilio, la piedra raspa tanto, tanto que me duele la voz y se me quiebran las palabras. Finalmente, la extraña roza tanto mi garganta que de a poco, gracias a la humedad que hay en ella, se va derritiendo y convirtiendo en agua. Tanta, tanta agua que me ahogo. Me ahogo, y es entonces cuando este río repentino comienza a escaparse por mis ojos, cuando siento que se me mojan de repente y me sale de las pupilas un agua rara, salada y chiquitita, que cae por mi mejilla y muere en mis labios. O cuando siento que la escupo, a la molesta, en un grito liberador y desesperado, que la suelta al aire y veo como se va alejando de mí, evaporándose en la nada entre el atardecer y la noche de mi pieza.
Tengo en el medio de mi pecho una mierda que molesta y ningún doctor pudo todavía decirme qué es. De vez en cuando se me aparece y es el peor parásito que uno podría tener. Poco a poco voy conociéndome más con este maldito inquilino que habita a veces en mí y, les digo por experiencia,  no es un obstáculo fácil de abatir. Creo que, lamentablemente, no existe cura ni remedio que pueda evitar que el síntoma se reitere en mí en el futuro. Pero en días como estos, en donde la bola aparece insistentemente en el centro de mi y sin conceder ni una sola tregua, debo reconocer, se me hace muy difícil cargar con el semejante peso de la perversa ajena.

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