Suelo buscar entre mis cajones y en el fondo del placard, cosas viejas, rotas y amarillas. Para tirar o llorar, con sana melancolía. Para sonreír y volverlas a guardar, para que no se me pierdan, ni se me vayan volando como hojas por entre el tiempo y el nuevo porvenir.
Me acuerdo, una vez encontré una foto. Era una del siglo veinte. Con uniforme de colegio y dos compañeritas al lado. Ese trío me causa escalofríos. A una la sigo viendo tiempos por medios. Diría casi con total seguridad que es mi amistad predilecta. A la otra la veo todos los días. Nunca le volví a dirigir la palabra desde aquella tarde del 2006.
La foto la rompí y la tire a la basura.
Fue una situación diferente en la que me encontré con una carta. La letra era inconfundible. Me paralicé, lloré, la guardé.
Ahora era un diario. Pero de una clandestina (yo). Eso le daba calor a la cuestión. Un clandestino siempre tiene algo de aventurero, de prohibido, de tipo con cojones que lucha contra el poder dictatorial. El que se quedó en su casa, ¿qué atractivo puede ofrecer? Sólo decirnos que tenía miedo y persistía en una espera poco atractiva. Como toda espera. Cuando alguien espera algo no sucede nada hasta que ya no espera más. Cuando no espera más es porque algo sucedió. Pero ahí termina la historia. Es la historia de dos eventos. Uno largo, tan largo como aburrido y desesperante: la espera. Y el otro, resolutivo. El segundo evento aniquila la espera. La resuelve. No hay más espera. Pero a no confundir, el evento, en sí, claro que tiene historia. No es simplemente una eventualización para concluir la espera. No creo en las epifanías. Todo evento tiene su colección de argumentos y conclusiones invisibles e imperceptibles para la rutina, las corridas y las asfixias que nos dejan las ausencias y las despedidas.
Mi yo-clandestina era un ser en cuasi arresto domiciliario. Temía que fueran a buscarla. La existencia tan intensa y fuerte de un motivo determinante la paralizaba la mayoría del tiempo. La minoría salía a buscar, clandestina y amenazada.
"Me quedo. Por ahí me salvo." El clandestino no tenía dudas. Mi clandestina estaba llena de ellas. "Lucho o callo" "Arriesgo o pierdo" "Defiendo o Pego". Para el clandestino, además, la lucha siempre seguía. Yo nunca supe si seguir o abandonar. Su pathos no era la espera. Era la acción. Mi clandestina fue siempre algo cobarde. Pero solo algo. Porque cuando se decedía, sí que se decidía. Sin duda a la lucha. Sin pensarlo, a la acción.
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