A mi pichón yo lo cuidaba como oro. Lo cuidaba como bebé. Lo cuidaba como desharropado. Lo cuidaba como madre. Lo cuidaba como marginado. Lo cuidaba como frágil. Lo cuidaba como sorda. Lo cuidaba como piedad. Lo cuidaba como pichón. Le daba de comer todos los días su comida de bolitas marrones con olor a escremento. Le llenaba pocillo con agua. Y el pocillo lo había hecho yo en el taller de alfarería, con amor revalsante y para él. Todo para él. Mi pichón. Lo cuidaba más que a mí, y mientras lo cuidaba me ensordecía para no escucharme. Mi pichón, tan lindo lindo, que nunca me dejaba sola, me estaba dejando sorda. Trinaba como altoparlante todos los días y noches. Yo no quería entender. Picaba mis manos cada vez que le daba de comer, y ya no me miraba a los ojos como antes.
Un día el pichón fue gorrión. Creció junto a mí. Yo también crecí. Me compré un piano, una biblioteca gigante, y me construí un ventanal que daba directo al parque. Tuve que mover la jaula que estaba en la esquina, porque ahí era el único lugar en donde entraba mi nuevo instrumento. A él eso no le gustó. Trinaba cada día de modo más irritante. De todos modos, yo toleraba todo de él y su trinar me acompañaba, porque era mejor escucharlo, de cualquier modo, que su silencio. Pensaba que si estaba al lado del ventanal, se iba a sentir mejor y ya no sufriría así, entonces lo puse de cara al parque esperando que el verde calme su alma.
El domingo al mediodía no trinó. Fui a darle su almuerzo y me besó la mano. Lo acaricié. Le dije: "Yo estoy acá y voy a hacer todo para que te sientas mejor." Lo miré y sentí que sus ojitos me decían que me amaban y yo le devolví la misma mirada. Me dí vuelta y fui a buscarle el agua. "Ahora te voy a dar un poco de aguita, pichoncito de mamá." Sus ojos decían que me amaba, y así era. Sus ojos también estaban llorando. Lo ví pero no lo miré. Lo miré pero lo quise creer.
El ventanal estaba abierto de par en par y el final es obvio, trillado y esperado. Me dí vuelta. No estaba ¿Cómo me pude olvidar de que iba a enterarse que es más fácil estar lejos que encerrado?
Sus ojitos lloraban de despedida y me amaban profundamente, mientras volaba y gritaba algarabías de alivio. Mis ojos también. Pero el alivio vino mucho tiempo después. Y ese instante fue de tal fatal pesadumbre que, aunque lo hubiera querido, no hubiera podido salir a volar para alcanzarlo.
La noche del domingo fue una agonía de silencio. Y la mañana del lunes un baldazo de la misma noticia. Una y otra vez. Y así, Muchos días que fueron años. Muchos minutos que fueron semanas.
En ese instante fatal de su vuelo, esos minutos de silencio, esos minutos en donde ví el espacio vacío, esa conciencia de que "de aquí en más nada será igual", ese instante de fin; ahí, ahí mismo fue. Crecí en cinco minutos. En cinco balazos. Se me vació ese rincón enjaulado, en donde no se bien quién de los dos era el enjaulado. Se me vació ese rincón enjaulado, trinante y bebé. Ese rincón que no sé si estuvo lleno alguna vez. En cinco minutos. La muerte esfuma en un segundo al muerto.
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