viernes, 16 de abril de 2010

NO TE SALVES


No te dejes estar y, sobre todo, y más allá de que tus ojos griten, no te salves. No te quedes inmóvil al borde del camino. No congeles el júbilo. No quieras con desgana. No te salves ahora. Ni nunca. No te salves. No te llenes de calma. No reserves del mundo solo un lugar tranquilo. No dejes caer los párpados pesados como juicios. No te quedes sin labios. No te duermas sin sueño. No te pienses sin sangre. No te juzgues sin tiempo.
El silencio del mar brama un juicio infinito. Más concentrado que el de un cántaro, más implacable que dos gotas. Nunca sabré qué espero de él ni que conjuro deja en mis tobillos. Pero cuando estos ojos se cansan de tantas baldosas y esperan entre el llanto y las colinas o en calles que se cierran en más calles, entonces sí me siento náufrago y solo el mar puede salvarme.
Pero si, pese a todo no puedes evitarlo y decides salvarte, y congelas el júbilo, y quieres con desgana, y te salvas ahora, y te llenas de calma, y reservas del mundo solo un rincón tranquilo, y dejas caer los párpados pesados como juicios, y te secas sin labios, y te duermes sin sueño, y te piensas sin sangre, y te juzgas sin tiempo, y te quedas inmóvil al borde del camino, y te salvas.
Entonces, no te quedes conmigo.

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