Martín:
Hola. Te pido perdón por este atrevimiento. Por haber sido completamente desconsiderada, por haber pasado hoy por tu casa y por, como si fuera poco, haber sido lo suficientemente egoísta y cruel como para llamar a tu puerta y mirarte a la cara y dejar que todo lo demás pase sin más perdón a tiempo, ni explicaciones, ni remordimientos, ni palabras. Sin embargo ahora, después de haberme ido de tu bello hogar, sin que hayamos dicho nada de nada, ni siquiera una mísera palabra. Después de haberme retirado repleta de felicidad, amor y culpa, de tu modesto piso 11; habiendo pasado mucho tiempo desde que decidí abandonarte, hace varios meses ya, en aquél verano agónico e inevitable. Después de que la vida nos haya empujado para diferentes rumbos, yo llego de nuevo a tu casa, como si el tiempo no hubiera pasado.
Pero pasó.
Llego de nuevo, sorpresivamente, y te molesta. Tienes razón. Y claro que la tienes. Llego de nuevo, con un poco de nostalgia y porque se me canta y simplemente lo deseo. Te deseo. Volver a tu casa, a tu puerta. Volver a vos, y así volver a mí. Porque yo estoy en vos todos los días, amor. Toda la vida.
Toco tu timbre, aguardándote en el zaguán.
No me juzgues, por favor.Vos mismo me dijiste que cuando yo quisiera te podía pasar a visitar. Y decirte que te sigo queriendo. Porque bien sabés, que te sigo queriendo. Pero claro, luego las cosas se complicaron tanto y tan considerablemente, que probablemente todas tus pretensiones y hazañas para mantenernos vivos hayan caducado. Que probablemente ya no te interese seguir dándome la chance de que te pueda seguir visitando o el privilegio de volver (a veces). Aunque podría no haber sido así. Y claro, yo tenía que comprobarlo, y debo decirte que tus besos me dijeron lo contrario.
Entonces yo llego de nuevo a tu casa simplemente porque tenía ganas de verte.Y de abrazarte. Y de que me des esa partecita calentita en tu cama que siempre me pertenecerá.
Perdón. Perdón. Ya se. Yo sé que esto no nos hace bien, ni a vos ni a mí. Que hay que dejarlo ser, dejarlo ir, que el tiempo pasó y la vida nos atravesó. Y gracias. Tenemos que crecer, Martín. Lo tenemos que hacer. Sobre todo yo. Me tengo que ir de tu casa. De tu mesa, tu cocina, tu cuarto, tu puerta. Debo dejar de besarte, de abrazarte, de amarte tanto, tanto. Arrancar de raíz esta dependencia que tengo de vos y de tu cuidado, de mi lugar en tu alma tan cómodo y tan calentito. Me tengo que ir, Martín. Me tengo que ir, mi amor, aunque te siga amando desde siempre y para siempre. Ya tengo edad para cruzar montañas, viajar por ciudades lejanas, ver mundo, conocer gente bella, leer mucho, entrar en el universo del conocimiento, de las universidades, de la cultura, de la juventud y militancia ideológica, del arte, y del amor verdadero y adulto; y no de este amor de niño, de pichón de mamá, de útero materno, de bebito de cuna.
¿Te duele, Martín? Soy consciente de ello. Tanto lo soy, que no se si es conveniente que te diga que a mí también me parte el pecho al medio. Y te entiendo y hasta concuerdo en que estoy siendo quizás demasiado injusta con vos al decirte todo esto de que te amo y de que sin lugar a dudas mi lugarcito en el mundo está en vos. Anhelo que puedas entenderme. Sobre todo para que me dejes partir. Necesito hacerlo. Debo alejarme (unos meses al menos) de tu hogar.
Por eso esta carta, en la que me sincero y te explico mis razones. Te pido perdón por lo de hoy. Quizás te pude haber confundido, desorientado, desconcertado un ratito con mi aparición sorpresiva, repentina, fugaz. Vos tampoco preguntaste nada. Supongo que habrá sido porque me conocés. Claro, que me conoces. Como el buen compañero que sos. O hermano. O amigo. O amor. Ya sabías mis respuestas, y siempre fuiste lo suficientemente consciente de la real situación.
En realidad, y para ir yendo al grano, simplemente me gustaría decirte que hoy, cuando llegué a tu hogar me dí cuenta de lo que no cabe duda, de lo que no hay con qué darle. Martín: vos sos mi paz. No tengo inseguridades. Sos mi educador, mi cobijo, mi energía, mi empujón en esta vida. Sos mi volver a mí, mi centro, mi cama, mi mesa, mi calor, mi hogar, mi lugar en esta tierra.
Que nunca se te olvide.
Ahora me voy, ya te he causado demasiado daño con mi egoísmo y mi abstinencia de vos.
Por favor, respondeme. Aunque sea solo por esta vez, para saber qué tan enfurecido estás con mi alma. Para quedarme tranquila de que los besos de esta tarde no contaminaron demasiado la imagen que tienes tú de mi y de todos nuestros recuerdos. Por lo menos devuélveme alguna respuesta a esta carta y a esta inquietud: me interesaría saber si es que no te molestarías, si es que no sería mucho abuso de mi parte, si no nos estaría lastimando demasiado, al continuar insistiendo en este tipo de visitas. Cada vez que necesite: un empujón en la vida, un shock de energía, una ruta para mi rumbo, un lugar para encontrarme.
Cada vez que te necesite.
Ahora sí: me voy. Ya nos hice mucho daño y estoy siendo descaradamente cruel con tu amor.
Estarás siempre en mí.
Natasha.
De nada sirve si no quiere si no va a tratar natasha.
ResponderEliminarEn estos momentos debo darte tu propia medicina
Sos tan vos, y tan lo más, que te quiero.
ResponderEliminar