martes, 18 de mayo de 2010

preguntas al azar

Las calles están muertas padecidas.
La soledad se atreve al resplandor.
Alguien sabe quién es pero lo oculta.
No sólo las gargantas tienen rejas.
La primavera a veces huele a invierno.
El pasado está aquí aislado, es un remoto.
Todo se disemina como el polvo.
El paso pasa sobre los gorriones.
Los que se fueron no abren las valijas.
Los que quedaron cierran el candor.
¿No se tropieza por segunda vez?

Las calles están muertas padecidas. Hoy están padecidas pero sabias. Pasan los autobuses navegando con dos o tres grumetes en la popa. Bicicletas de hazaña individual. Los ambulantes que otra vez ambulan. Los cortejos de muerte natural. Nacimientos que acortan la distancia.

La soledad se atreve al resplandor. Y el resplandor buscó su intensidad. Se hizo porfin dura memoria y luz. Iluminó la soledad contigua para comer y amar del mismo plato. Sólo más sola con solito anexo. La soledad plural que se levanta como bastión de naipes o de sueños.

Alguien sabe quién es pero lo oculta. Todos sabemos quién es quién ahora. Cada uno encontró su paradero. Su marca a fuego o su salvoconducto. Las aflicciones de su identidad o las melancolías de su máscara. Los desescombros de su regocijo, la fe de su nostalgia misionera.

No sólo las gargantas tienen rejas. Por fin hallaron la palabra justa. Y la libre, y la cándida, y la ávida. El grito ya no es imprescindible. El nudo en la garganta se deshace. Se puede murmurar a voz en cuello. Y ya no habrá mentiras reveladas, menos aún cursillos de paciencia.

La primavera a veces huele a invierno. También eso cambió, la primavera tiene olor a sí misma. Las muchachas salen de la clausura preguntando por las rosas de fuego que solían robar con elegancia y parsimonia. En fin la estación jóven recupera su cuota de belleza y certidumbre.

El pasado está aquí con sus gemidos. Hoy sigue estando aquí pero no gime. Hay rostros de bochorno y de avería. La aguja con el hilo del horror, las trampas del escenario y de la duda. No vamos a olvidar ningún milímetro ni tampoco gastarnos en el odio. El pasado está aquí, ya es suficiente.

El futuro está aisalado, es un remoto. Ahora por lo menos tira cabos a la arisca esperanza toda amores, y le propone dulces entresueños. El futuro es un puente a inagurar ya a veces tiembla con sus dos orillas. El futuro es un mundo a recibir, no es posible ignorarlo o desmentirlo.

Todo se disemina como el polvo, y penetró por las rendijas tenues, y las ventanas y los desalientos. Se disemina como la amargura, como el nombre de dios se disemina. Y nada hace, nada cambia o duele. Nada se aleja o llega, como el polvo cubre hasta los suburbios de la vida.

El paso pasa sobre los gorriones. Fueron barridos todos sus huesitos y auqneu entonces no hubo funerales, otros gorriones llegan, saltan, comen tranquilos, porque ya no pasa el paso. Pisan el adoquín con cierto olvido con su universo breve se disfrutan, y ni antes ni después el paso pasa.

Los que se fueron no abren sus valijas, y sólo diez o doce años más tarde se dieron cuenta del error gravísimo. En todas partes hay fiestas y siestas. Sabores a que asirse, noches mansas, prójimos que quisieron comprender. También ser comprendidos. Pero eso ocurrirá si se abren las valijas.

Los que quedaron cierran el candor, e hicieron bien. Ya nadie los cuestiona el peligro de estar. Tan sólo eso. Fue como una campana de cristal, una campana en la que sólo había sitio para le candor. Ah..., pero ahora las cosas son nombradas por sus nombres y la voz sangra prodigiosamente.

¿No se tropieza por segunda vez? Por supuesto que puede tropezarse. El miedo se hizo rabia en las miradas, y el odio ciega si se quema el año. Pero el amor, en cambio, lava vidas y las pone a secar en la memoria.
Qué importa tropezar tres cuatro veces si el amor te levanta y te redime.

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