sábado, 20 de noviembre de 2010

Pupilas

Me paré última, una vez que todos ya se habían levantado de su asiento. Sabía que tenía que tratar de extender ese momento al máximo. Tratar de que esa media hora se haga una y media. De que ese abrazo sean dos. Y que esa charla sea más que una charla. Quizás el último objetivo no se llegó a concretar, pero cómo se concretaron los otros dos.
Así que sin remedio me paré última, resongando y pidiéndole que me ayude a pararme porque se me habían dormido el pie. Aún le mentía fácilmente. Me abrazó un poco más hasta la cocina. Que iba a buscar su saco que se lo había olvidado en el sillón, que yo siga hasta la puerta que allí me alcanzaba él. Como una idiota seguí caminando y creo ni siquiera se me ocurrió acompañarlo al sillón. Caminé un par de pasos. Cuando empezaba a escuchar de nuevo su voz me di vuelta, feliz de que vuelva a abrazarme. Hablaba con su amigo a cerca de qué iban a hacer el martes por la tarde. Porqué, porqué pierde tiempo con este tipo hablando sobre el martes a la tarde y no gana el tiempo conmigo en los últimos pasos que quizás compartamos por quién sabe cuánto tiempo. Me resigné finalmente a querer seguir desafiando las leyes del tiempo y seguirle robando abrazos forzados. Nada más me di media vuelta, lo miré a los ojos y después a todo su cuerpo. Lo miré todo de arriba a abajo como queriendo guardarlo todo en su más minimo detalle en mi mente. Lo miré como si hubiera sido la primera vez, pero ya lo había visto mil veces antes. Lo miré sabiendo que quizás nunca más lo iba a volver a ver. Lo miré a los ojos de nuevo y esperé a que él me vea. Me miró, lo miré. Y le dije con las pupilas que lo amaba, que nunca se lo había dicho pero que era así y que en definitiva los dos lo sabíamos y todos se daban cuenta que no eramos solo ex compañeros de secundaria. Que nunca lo habíamos sido. Nos miramos y le dije que lo amaba con las pupilas, le dije que lo iba a extrañar horrores y el me dijo lo mismo. Le dije que estaba triste, que no sabía cuándo lo iba a volver a ver pero que no se lo iba a decir nunca. Le dije que bueno, que buena suerte, que chau, que te amo y que la vida nos vuelva a juntar. Le regalé una lágrima que me picaba en la mejilla que después me recorrió los labios para que yo pueda tragarla. Le regalé una sonrisa mojada en llanto. Una sonrisa que más que sonrisa parecía una expresión de dolor. Le regalé la peor sonrisa que alguna vez habré visto de mi cara, pero seguro, la más llena de todo. Le regalé esa última lágrima y esa sonrisa, lo volví a mirar, mis pupilas le volvieron a decir, te ame te amo, te voy a extrañar, chau. Y me volví a dar vuelta mirando hacia esa siempre odiosa puerta, volví a respirar y supe que esa iba a ser la última vez que iba a ver.
La noche siguiente sonó el timbre. Abrí la puerta y entró. Y esa luna no tuvo que se extendida, ni yo tuve que robar abrazos forzados, ni minutos así, ni miradas asá.
Y todo porque esa fue la primera vez que nos dijimos con palabras lo que todos ya habían pensado y comentado hace mucho tiempo antes en los pasillos del colegio, y que quizás nosotros nos lo habíamos dado a entender alguna tarde en el aula, con nuestro lenguaje de pupilas cobardes. Pero claro, para lo que ninguno de los dos tuvo el coraje ni se animó nunca jamás a asumir el riesgo de asumirlo decirlo hacerlo.
Y así fue que entendimos perfectamente que esa iba a ser la primera vez que al fin nos ibamos a mirar sin solamente y nada más que mirarnos.
Y esa fue la primera vez.
Y después hubo millones.  

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