Decime vos para qué cuernos te hice semajante promesa.
Quizás por una sonrisa exactamente así. Hasta ahora sonreíste siete veces. Por supuesto que las tengo contadas. Hace un rato increíblemente largo que vengo mareándome con mis palabras, por estrategia o por desesperación, y verte sonreír es -me parece- la única huella que puede llegar a indicarme si voy bien o si estoy perdida.
Se ve que me agarraste con la defensa baja y te dije que sí sin pensarlo. Pero esta mañana, cuando me levanté, y tenía un nudo en la garganta, y una piedra que me subía y me bajaba desde la boca hasta las tripas, empecé como loca a buscar alguna excusa para no ir. Pero no me animé a fallarte.
Aquella noche pasó todo como una sucesión de fotos analógicas. Tal vez allá en la infancia mi voz se ahoga. O acaso aquel romance que solo nombro cuando me pongo triste con el alcohol. Su nombre volvió y volvió y se escuchó en mi boca como retumbando en el callejón.
Pero no me animé a fallarte. Tampoco a seguir tapando la grieta con los dedos. Así que fui a tu encuentro.
-Va a perder la cabeza por mi amor. Si me quiere de esta forma loca, si lo trato de esta forma loca.-
La primera fue la más fácil. Las difíciles fueron desde la segunda en adelante. Tu primer sonrisa fue automática, impersonal. Fue un reflejo de la mía. Casi un acto de imitación involuntaria.
Luego te pregunté si podía sentarme frente tuyo y te presenté mis pronósticos. Vos tus ojos hartos y confundidos. Verdes e inmaduros, como los míos.
Te presenté mis pronósticos y mi verdad. Mi presente y aquella noche.
A partir de entonces las cosas se complicaron. Fue mucho más difícil conseguir que soltaras la segunda. Para que te sientas menos desgraciado, quizás, ahondé mucho en mis penas, errores y torpezas . Y me miraste como sorprendido pero ya enterado de la herida. Como te sostuve esa mirada, como aguanté a pie firme ese bochorno precisamente por causa y por culpa de esa mirada tuya, no de esa pero sí de la otra nacida de los mismos ojos- la que tenías mientras mirabas hacia fuera del café sin ver a nadie, ni a mí ni a los otros, justo cuando yo pasaba corriendo apurada por tu ventana-, como te la sostuve, digo, vi que estabas a punto de decirme que te cansabas de mí, que ya no podía sentarme en tu mesa, y entonces me cubrí la cara con las palmas de mi mano y me susurré una puteada esperando que me eches. Pero en cambio, hiciste una pausa y hablaste:
- Che, nena, dejame mirarte un poco. - Hice un silencio de contemplación admirativa- Pero ya parecés como de cinco años.
Le dije de nuevo mi verdad y luego, dudando:
-¿Hice mal?- ¿Y yo qué sé?, pensé.
- Quedate tranquila, nena. Hiciste bien- respondiste- De la distancia solo nace el silencio. Es mejor tu brutal crudeza que hacernos añicos con mentiras, que las pequeñas grietas se sigan agrandando ante nuestros ojos antes de que nos demos cuenta. Se podría decir entonces, que estamos más cerca que nunca.- Y siguió con chistes y descontracturas.
La verdad es que mientras lo escuchaba me divertí de lo lindo. Creo que por un momento me olvidé de toda nuestra tormenta, de toda la bronca que teníamos adentro, de toda la rabia que juntamos desde abril hasta la semana pasada.
Después me pareció hasta inútil seguir dilantando el encuentro.
-Gracias- me dijiste. No lo soporté, te di la espalda y corrí hasta desaparecer de tu paisaje.
¿Te das cuenta? Venís y me decís gracias. Y yo con esta cara de boluda, llorando como una madre llena de culpa, semejante grandulona. Pero por otro lado, mejor, porque el llanto y la sensación de ridículo me lavan, ¿entendés?, me purifican. Porque al final entiendo todo, porque ahora se me borra el dolor de la ausencia, o mejor dicho ahora te encuentro, y me parece que todo cierra, que nos rateamos en cuarto y que vinimos en las buenas y en las malas y que te enfermaste y que me pediste y que te prometí solamente para esto, para esto tan simple que ni siquiera pude lograr, para nunca soltarte. Porque hay amores que duran toda la vida, aunque vivan siempre en el silencio, pasivos y escondidos en una bohardilla.
Y ahora ni siquiera me miras con cara de desepción como merecería. Simplemente me decís gracias -¡¿Gracias?!- por la sinceridad y se vuelve más dolorosa la promesa todavía.
Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone que debo juzgar a los demás mortales. Y el único modo que tengo de agradecerle es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de este presente extrañísimo, al menos yo debo tener la honestidad de quererlo toda la vida.
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