lunes, 13 de septiembre de 2010

Here comes the sun

Ya está acabando el día y también la noche. Las horas pasan y los cambios en el humor, las risas y llantos simultáneos, las confusiones, las dudas, los miedos y la inseguridad se incrementan. Cada segundo pesan más los ojos. Se cierra una puerta, la única puerta de la habitación. Se apagan las cuatro luces.
Un cuerpo ya tirado en medio de las sábanas. Ese que está destruído, roto en mildocientos pedazos. Cierra los ojos y espera que algún sueño repare sus heridas. Siente cómo se pega todo su pecho al colchón. Trata de unir sus partes perdidas, su mujer dividida, sus eternas grietas en medio de cada una de sus piernas. Lo sabe, mañana va a ser otro día, otro eterno día, nada diferente a lo común de esta monotonía. Deja vú. Ya se sabe la continuación de la historia. Tal vez hoy haya pasado algo un poco más distinto que siempre, tal vez hoy haya llorado un poco demasiado. Tiene bien claro que se va a levantar, la misma hora el mismo lugar. Va a dar tres pasos y se va a mirar al espejo que le va a devolver una foto de ella misma. Que al fin y al cabo nada ha cambiado y su carta sigue siendo la misma. Excepto por sus ojos. Malditos delatores. Acepta cansada que mañana se tendrá que maquillar un poco más que lo normal, que sus ojos estarán hinchados de tanto llorar. Quédate tranquila señora psicóloga, esto no pasa siempre, fue un simple momento de infelicidad, de dolor, nada más normal, otro signo vital. El mal humor de la mitad de la semana, nadie se lo va a sacar, no la jodan más, en un par de horas va a mejorar. Las ojeras y la campera. El frío con caloventor. El café con leche amargo y las dos tostadas.
Mientras piensa todo esto se va yendo. Yendo a algún lugar por allá. A algún taller en donde la ayuden a reparar sus grandes ruedas dolorosamente pinchadas, su capó con los cables enredados, sus eternas rutas torcidas.
Deja de ser conciente. Se olvida un poco de la vida, de su vida, de su ciudad en ruinas. No hay nada más sanador.
Por momentos se proyectan imágenes, todas de algún color amarillo con alguna conexión sin sentido. Otro mundo, otro lugar, la misma gente, o no. La cuidad sigue del otro lado del mundo, afuera de sus colchas, de su pieza, de su casa silenciosa.
A las 6:45 todo está en silencio, ella en otro mundo, todo el hogar a oscuras. “Honey, honey, honey, baby ya dejemos de jugar, en medio día media hora no te olvides nos largamos de aquí (…)”
Escucha un sonido cercano que la sobresalta y la devuelve brusca y cruelmente al mundo imperfecto, al mundo real. Rápidamente descubre que ese ruido no es un simple ruido sino una melodía. Una que forma parte de una canción que bien conoce ella. Si al fin y al cabo dos días en la vida nunca vienen nada mal. Todo eso que tanto le molesta en ese momento y no en otro se origina en su mesita de luz justo al lado de su cara lagañosa. Escucha esa voz dentro de esa canción. La voz del más grande autor, del más fuerte y poderoso cable a tierra, de la absoluta y total paz en dos de sus letras, de la convicción de que solo con su voz desafinada ella puede vivir. Voz gloriosa e imperiosa. Por lo menos para ella. Tantea algún botón torpemente para apagar su odioso despertador. Se corta la canción aquella sin siquiera haber llegado al estribillo. Es mucho ruido para tanto silencio previo.
Da infinitas vueltas en su cama y no le alcanzan los minutos (que, por cierto, ya los tiene contados), para disfrutar de esos 10 segundos del despertar en los que uno no se acuerda qué había pasado la noche anterior y esos problemas no se sienten en el interior. No tiene tiempo para eso. Bosteza unas 5 veces y con los ojos cerrados presiona el botón del velador. La luz cegadora, la madrugada dolorosa, el comienzo de un nuevo y único día. Prende un grabador, la única canción que mágicamente le cambia el puto estado de ánimo de las mañanas en la ciudad. Pie derecho al piso siempre. Ritual, magia, suerte, algo será. Se dirige al interruptor de la luz. Le duelen los ojos, no entiende porqué. Camina hacia el espejo más cercano y se mira, y se mira ¿Quién te ha visto y quién te ve? Piensa la piba frente al espejo examinándose. Tiene el pelo amotinado y los ojos hinchados. Un pantallazo de las fotos de ayer le recuerda una angustia lejana de hace unas horas que hasta la puede sentir.
Le implora a la canción que le cambie el humor y el amagador dolor, pero parece que será un puto día más, no más. Lucha a más no poder contra su amargura no recurrente. Abre un par de ventanas con la esperanza de ver el sol y olvidarse de esa angustia que amenaza con atacar. Busca alguna nube, algún viento para que le pegue en la cara, algo de calor, alguna luz, algún sol. Examina el cielo, sabe que el sol le va a decir que al fin y al cabo todo está bien. No ve el sol. Todavía no amaneció. Sin embargo, si cierra los ojos cree poder ver esa enorme estrella del centro de la Vía Láctea. Toda consecuencia de lo que entra por sus oídos. La canción repite siempre la misma oración: “Here comes the sun, here comes the sun, here comes the sun, it`s all right.”

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