martes, 17 de agosto de 2010

Dios es amor, estableció Juan el Evangelista, así, sin excepciones, porque se trataba de un rubro infinito, pero, ¿aquel Dios tiene algo que ver con este amor entreverado, impuro, sangrente, amnésico, agitado, sublime, estropajoso? En todo caso, Dios es Amor, pero amor no es dios. Lo beso, a él lo beso, y no soy hipócrita. Lo beso como podría morderlo, y a veces lo muerdo, o podrìa comérmelo, masticarlo y digerirlo.Porque hay una desesperada necesidad, casi diría una obligación, de marcar al otro, a él otro, aunque sea con los dientes, y aunque alguno de éstos sea postizo. Dejar una marca propia es cosa de vida o muerte, o de muerte solamente, porque la intensión subterránea es transpasar la muerte, es seguir existiendo después del fin. Y a esos efectos tanto sirve la existencia de un hijo como la de una cicatriz. Después de todo, el hijo tambiés es una cicatriz. Buena definición para proponer a la Academia. Hijo: cicatriz del amor.

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