Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando puertas como una actriz de tournées de provincia, unos se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos.
Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola.
Pues ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo, y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), a lo que es todavía mejor, me voy quedando dormido.
Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
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