jueves, 19 de agosto de 2010

La ventana se abre a la calma chicha. Allá abajo, los plátanos. Por lo menos la mitad de las hojas están inmóviles, y el movimiento de las otras es apenas un estremecimiento. Como si alguien les hiciera cosquillas. Es aire está tenso, pero ya sé que nada va a estallar ¿Qué puedo decirme? Este es el momento, estoy segura. En los días que estuve alegre siempre me falseé, siempre creí en lo que no soy, en la vida color de rosa, etcétera. En las noches que me sentí tan mal como para llorar a gritos, no lloré a gritos sino silenciosamente, tapada por la almohada. Pero ahí también uno exagera. Sobre todo ahí, diría yo, uno exagera. No se puede ser lúcido con el pecho hinchado de congoja, o de desesperación. Mejor llamémosle desesperación. Sólo para mi, claro. Que los demás cuelguen sus etiquetas: hipocondría, neurastenia, luna. Yo he llegado a un pacto conmigo misma, y por eso la llamo desesperación. En este momento, estoy seguro, porque no estoy alegre ni desesperada. Estoy, como decirlo, simplemente tranquila. No, ya me falseo. Estoy horriblemente tranquila. Así está mejor.

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