Esto si que es raro. Afuera sale el sol, y qué sol. Estamos en invierno. Y se siente lindo. Uno se siente cálido, libre, relajado, optimista. Optimista, mirá lo que te digo. Es como si fuera un gran desperdicio estar de mal humor en un día primaveral en el medio del invierno. Una falta de respeto diría yo. Pero me da bronca. Mucha bronca, no poder disfrutarlo. Tener que estar encerrada en mi casa, con las planillas, las obligaciones, estudios y demás. Tanta bronca que creo que estoy al borde de la ira, del descontrol, del llanto. Puedo optar por dos caminos. Por dos miradas. El vaso lleno o el vacío. Hoy me están costando los grises. Quiero salir. Ya mismo, salir. A caminar, hoy es un día para caminar. Pero sin destino. Sin apuro. Hoy voy a salir antes de mi casa, para no tener que llegar corriendo. O voy a salir a la hora que se me cante, y me va a importar nada llegar tarde. Y a lo suuumo, haré uno, dos, tres problemas de matemática. Anulo el plan de la planilla de computación. Y quizá, si la fuerza de voluntad me acompaña, leeré un par de los apuntes de genética. Quizáá. Pero no. Basta. Se acabó acá. No voy a desperdiciar este sol. Estos aires tan primaverales. Tan raros. Tan de cambios. Tan de recuerdos. De cero caras largas. De oxígeno. De nuevo. Y de nuevo de cambios. De estremecimiento por ese cambio. De curiosidad por ese cambio. De ansias. De precauciones. De hipótesis. De esperanzas e iluciones. De miedos.
Este día primaveral de invierno es un miedo a eso que viene, es un recuedo de lo que no volverá, de lo que fue la primavera de ayer.
Lo que pasa es que mi primavera, siempre va a tener esa esquina rota.
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