Cerrar los ojos. Cómo quisiera cerrar los ojos y empezar de nuevo y abvrirlos después con la tardía lucidez que traen los meses pero con la vitalidad que sé que tengo.
Cerrar los ojos pero no para mis corrientes pesadillas, sino para tocar el fondo de las cosas. Allí están las imágenes, lás más elocuentes, las sólo para mí. Y en esta proyección encuentro una que talvés ya la había visto antes, pero que esta vez la pezco como una revelación, como la revelación que no entendí ni atendí. Y no se puede volver atrás. Se puede, sí, recoger lo aprendido; pero de poco sirve si el nuevo aprendizaje no se puede implementar en la realidad del presente.
Cerrar los ojos y al abrirlos encontrarlos ¿A cuál de ellos? Uno es un rostro, otro una voz, otro un cuerpo, otro una mirada ¿Cuántas más? En el amor no hay posturas ridículas, ni cursis, ni obscenas. En el NO amor todo es ridículo, cursi u obsceno. También en la norma, también en el dogma.
De pronto el pasado se vuelve dotado de hermosura, no sé por qué. Mi pelo que tuve, el aire que respiré, el sol que me alumbró, los amigos que escuché, las tardes que reí, las personas que abracé, un crepúsculo, un mar, una arena, una uña, una calle, una casa, una axila, un pino, una flor.
El pasado se vuelve hermoso y sin embargo es a penas una ilusión óptica. Porque, más allá de toda melancolía, el pobre y maltratado presente gana una sola y decisiva batalla: EXISTE.
Estoy donde estoy, y eso es lo que importa.
Me gusta como escribis.
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