En estos últimos y penúltimos tiempos, antes de la obligada internación y rutinización, todo sucedió tan atropelladamente y en medio de tantas tensiones, rodeada por tantas implacables urgencias, por tantas desiciones a tomar, que no había tiempo ni ánimos para la reflexión, para pensar y repensar sobre nuestros pasos, para ver claro en nosotros mismos. Ahora sí hay tiempo, demasiado tiempo, demasiados insomnios, demasiadas noches con las mismas pesadillas y las mismas sombras. Y la tendencia natural, y también más facilonga, es preguntarse para qué me sirve el tiempo ahora, para qué está meditación y recapacitación tardía, atrasada, anacrónica, inútil. Y sin embargo sirve. La única ventaja de este tiempo baldío es la capacidad de madurar, de ir conociendo los propios límites, las propias debilidades y fortalezas, de ir acercándose a la verdad sobre uno mismo, y no hacerse ilusiones acerca de objetivos que unos nunca podría lograr, y en cambio disponer del ánimo, preparar la actitud, entrenar la paciencia (ardiente paciencia finita), para conseguir lo que algún día, si se puede estar al alcance. A tal punto se atina en estas peculiarísimas condiciones, a ahondar e el análisis, que me atrevo a confesarte algo: si bien no puedo hacer un plan quinquenal de mis pesadillas, sí puedo soñar despierta y por capítulos. Y así voy desgranando, desmenuzando, lo que quise y lo que quiero, lo que hice y lo que haré. Porque algún día podré volver a hacer cosas, ¿no te parece? Algún día abandonaré este raro exilo y me reintegraré al mundo ¿no? Y seré alguien distinta, creo incluso que alguien mejor, pero nunca la enemiga de la que fui o la que soy, sino más bien la complementaria.
[dilemón, dilemón es cuando entendés que en realidad la elección no hubiera sido la misma, entonces allí comienza el enredo y la transformación de la complementaria a la insoportable enemiga constante]
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