jueves, 24 de junio de 2010

Lo esencial es adaptarse

Lo esencial es adaptarse. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol, y lo que es más importante, de la sombra. Cuando uno llega a considerar que una calle no es extranjera, solo entonces la calle deja de mirarlo como un extraño. Y así con todo. Aquí siempre había hecho el mismo camino para volver a casa, y allá echaba de menos eso. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia solo tiene que ver con sielos y árboles y hombres. A lo sumo, con la política. La patria, en realidad. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas. Por ejemplo esa. El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad, un sosiego, saber qué viene después de casa esquina, de cada farol, de cada quiosco. Allá, en cambio, empecé a caminar y a sorprenderme. Y la sorpresa a veces me cansaba. Y como consecuencia, no llegaba a casa, sino a la habitación. Cansada de sorprenderme, eso sí.
Pero la nueva ciudad me gustaba, ¿porqué no? Su gente, menos mal, tenía defectos. Y era muy entretenido especializarme en ellos. Las virtudes, por supuesto también las poseían, pero generalmente aburrían. Los defectos, no. La cursilería, por ejemplo, es una zona prodigiosa en la que nunca acabo de especializarme. Cuando me siento cursi, me desprecio un poquito, y eso es malísimo. Porque nunca es bueno despreciarse, a menos que existan fundadas razones, que, por suerte, no es mi caso.

[Filadelfia, EE.UU., diciembre 2009]

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